miércoles, 27 de octubre de 2010

MARATÓN DE LECTURA EN LAS ESCUELAS



Una vez más, este año fuí convocada para la Maratón de Lectura en las Escuelas, participando nuevamente en la Escuela 16 de San Carlos de Bariloche, el 1º de octubre/2010. Lo hice para el 5to. grado, con poesía y cuento.


CARAMELOS Y CHOCOLATINES

Como todos los domingos, habíamos salido de la estación hacía un ratito.
El tren, igual que siempre, lleno de gente. Varios viajaban colgados de los pasamanos de las puertas.
Sentado al lado de mi mamá en la tercera fila, mientras ella leía una revista de mujeres, yo miraba por la ventanilla cómo los árboles pasaban cada vez más rápido y jugaba carreras con los autos que iban por el camino al costado de la vía.
Era divertido, y me sentía muy contento de volver a visitar a mi tía Ana, pensando en los caramelos y chocolatines que me había regalado la última vez.
Mi tía era gorda y buena. Usaba unos vestidos muy grandes. Yo tenía prohibido reírme, pero me hacía acordar a la carpa del circo que estaba cerca de mi casa. Ella vivía con un señor. Él le alquilaba una pieza.
De repente, escuchamos un ruido fuerte y un resoplido. En el centro del vagón había pasajeros amontonados. A los gritos, decían que alguien se había desmayado, porque ahí adentro hacía mucho calor. Me paré sobre el asiento y así pude ver un poquito mejor entre tantas cabezotas. Mamá me agarró del brazo para que volviera a sentarme, pero yo quería saber qué había pasado. Algunos señores se quedaron duros, tiesos, como muñecos de un teatro de títeres: parecían sentir asco o estar con miedo. Otros se reían de la persona apretada contra el suelo. Entonces, empezaron a preguntar si había algún médico.


Muy apurado y abriéndose paso a codazos, llegó un señor de anteojotes gruesos; aparentaba ser un doctor. Se agachó y pidió lugar a los que tenían los pies casi encima del que se había caído, para darlo vuelta. Decían que el pobre estaba boca abajo.
Me costaba seguir viendo lo que pasaba, por eso, decidí acercarme saltando sobre los que iban sentados y empujando a los parados. Logré estar atrás del doctor, pero con su espalda enorme, me impedía espiar la cara del desmayado. Sólo vi que le agarró la mano y dijo: —Está muerta.
Del susto que me dio, me caí. El muchacho que me sostuvo me levantó en sus brazos, y ya pude mirar todo: la muerta llevaba un vestido grandote y floreado igual al que usaba mi tía Ana los domingos cuando íbamos a visitarla y los ojos y la boca los tenía abiertos. Me impresioné y me tapé la cara con el brazo. Grité: —¡Mamá! ¡Mamá!

Al día siguiente, en el entierro, nos enteramos por el inquilino, de que mi tía había querido darnos una sorpresa con su visita. Los caramelos y chocolatines quedaron en su cartera.









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