miércoles, 25 de abril de 2018

EL TORRERO


EL TORRERO

Desde hacía años, Antonino era “el torrero”, como lo llamaban en el pueblo.

Ser torrero era la tradición familiar, ya que su abuelo y luego su padre habían sido cuidadores y vigías en el faro del peñón en la punta de la península.

Era una familia de navegantes. Habían logrado, por experiencia, quedarse a la orilla del mar, y aunque Antonino no era Capitán, igualmente heredó la custodia del antiguo faro.

La vida en el mismo era dura y solitaria. Sus antecesores no se habían casado, ni formado familia hasta la jubilación. Esta se lograba con pocos años de servicio y a una edad muy joven, puesto que el trabajo era sacrificado, y se compensaba de esa manera.

Pero Antonino, a sabiendas de las circunstancias, había logrado hacerse de una novia, en aquel pueblo costero. La veía dos veces a la semana, unas pocas horas durante la mañana, ya que pasaba su vida en la torre del faro.

Cuando habían transcurrido varios meses de noviazgo, solicitó casarse con Adelina, para poder tenerla todo el tiempo con él.

El faro les proporcionaba una pequeña habitación, que servía de dormitorio y cocina. El baño estaba afuera. Adelina no se sentiría sola pues las tareas en su nuevo y minúsculo hogar, serían novedosas y variadas.

Limpiar, cocinar, ayudar a su marido en el mantenimiento de pintura, aprender las normas y señales en el encendido de la lámpara en el anochecer, harían sus días entretenidos.

Al principio, los francos eran tomados con rigurosa puntualidad, para volver al pueblo y visitar amigos y familias. Pero con los meses, estas licencias se fueron espaciando, y llegó el momento en que Antonino ya no quería caminar hasta el villorrio.

Un día, desconsolado, llegó a casa de sus suegros con la terrible noticia. El mar se había llevado a Adelina. Gritándoles les decía: “ella salió a pescar después del almuerzo, y el bote fue arrastrado contra los riscos, con tal fuerza que destruyó la embarcación. Y el cuerpo fue tragado por el imponente oleaje”. Antonino contó que todos sus esfuerzos habían sido inútiles para encontrar a su esposa.

La investigación inmediata no logró esclarecer la repentina desaparición de la mujer. Y el hombre no pude ser imputado, por falta de pruebas en su contra.

El sufrimiento invadió el ambiente, pero superado el dolor, Antonino comenzó a relacionarse otra vez con la gente del bar, al costado de la plaza. Y paso a paso, también a agasajar a una nueva amiga, que se convertiría en su nueva novia, y luego su nueva esposa. Todo iba normalmente, él estaba viudo y aún joven. Lo lógico era que rehiciera su vida.

Virginia empezó a frecuentar aquel solitario paraje, a la orilla del mar, sobre el gran acantilado. Sitio misterioso y romántico a la vez.
La relación se afianzaba y los planes se consolidaban. Virginia quería tener un hijo, y eso muy pronto definió que se quedara con su hombre, en ese pequeño refugio.

Y la historia parecía repetirse, aunque Virginia no lo había registrado.
Pasó la primavera y luego el verano, y las visitas al pueblo empezaron a espaciarse otra vez.
En esta oportunidad la razón era el embarazo de Virginia y el duro invierno, que sugería que mejor era quedarse en la torre, protegidos del frío y del viento. Por cierto, falso embarazo que Antonino había inventado en su última ida, solo, al vecindario, y en las charlas en el bar que sus amigos escuchaban distraídos, en cada relato.

Al noveno mes, Virginia aún no había efectuado ningún control de su preñez. La familia insistía al futuro padre sobre lo irregular de la situación, pero Antonino no daba importancia. Solo respondía que su esposa estaba bien, que no necesitaba de ningún médico.

Llegado el día del parto, Antonino corrió a casa de su madre avisando que habían tenido un accidente en la escalera que va a la lámpara, y Virginia, con el golpe, había fallecido. La justificación de la rápida sepultura, esta vez no conformó ni a parientes ni a amigos. Él solo exclamaba que lo había hecho por desesperación, que así, junto al faro la recordaría siempre.
Todos quisieron ir hasta el faro. Pero la policía cerró el camino. Había cosas por aclarar y el lugar debería permanecer intangible hasta resolverse el cúmulo de dudas.

Antonino, en esta oportunidad no pudo regresar al faro, permaneció incomunicado en el único calabozo de la comisaría.
El Jefe de Policía, acompañado del Juez de Paz como testigo, ingresó a la torre. Subieron los pocos escalones hasta la habitación. El cuadro fue macabro. El desorden reinante impedía caminar, tal vez indicios de una pelea conyugal. La falta de higiene demostraba inactividad, desidia, abandono. El tóxico y pavoroso ambiente contaminaba el aire fétido y lo hacía irrespirable. Los dudosos restos de comida alimentaban ratas y cucarachas.

Las náuseas dieron vuelta hasta los vómitos a los hombres. Todo seguía descomponiendo a los dos testigos involuntarios, que solo atinaron a cerrar nuevamente el lugar y huir por el camino de regreso. Las espeluznantes imágenes serían imborrables…

El testimonio originó la sentencia: el detenido sería trasladado y juzgado en la capital de la provincia, con cárcel perpetua por asesinato seguido de antropofagia.   
                                                 
                                                    NORMA DUS
                                               r.p.i. n° 5998345/18

1 comentario:

Marie Mugherli dijo...

Impactante relato!!!!! Como todos tus cuentos... nunca se sospecha el final hasta que llega...